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Relato de Sergio Navarro Villar, titulado: La cajita de música. Puedes descargarlo en pdf pulsando el enlace. 

La narración dice así.

  

La cajita de música

Tarde del Viernes Santo. La luz de la primavera ilumina la escena. Sobre una sencilla parihuela se han colocado las figuras del paso de la Crucifixión, que ya ha cruzado el umbral de la puerta de San Cayetano. Curiosamente completan la escena, a modo de escenografía, la silueta de un sol revestido de inocencia, un sol que el tiempo ha eclipsado hasta hacerlo desaparecer del conjunto. Al fondo, en penumbra, se adivina un nuevo paso, en el que Cristo es descendido de la Cruz. El público, de una manera natural, se ha dispuesto alrededor de la comitiva formando un estrecho pasillo por el que los terceroles avanzan. El mostacho de un guardia urbano acapara todo el protagonismo. No hay túnicas de colores entre los pasos, sí se distinguen los hábitos de los hermanos de la Sangre de Cristo. Jóvenes y mayores, muchos de ellos cubiertos con gorras que traducen su lugar en el escalafón social, se giran para mirar atentamente al lugar donde un fotógrafo dispara con lentitud su cámara.

No conocemos el nombre del fotógrafo.

No conocemos el lugar exacto en el que se situó: no sabemos si lo hizo desde una pequeña ventana o apostado a la rama fuerte de un árbol.

La fotografía, la albúmina que hoy acaricio ha sobrevivido ya más de un siglo: tal vez cobijada en un álbum de piel gruesa, tal vez protegida por papel de nido de abeja, quizá olvidada en el doble fondo de un baúl.

Esa fotografía es la Semana Santa de Zaragoza de 1880.

No conocemos el nombre del fotógrafo, decía, pero tampoco podemos ponerle música. Hemos leído, como un lugar común, que nuestras procesiones eran acompañadas de pífano y tambor. Hay que bucear en los diccionarios para saber lo que es un pífano. Hemos leído que más tarde la procesión de procesiones, la que unía a chicos y mayores en las cercanías del Mercado en una tarde de fiesta, era tomada por las notas de bandas de música, pero apenas nadie ha sobrevivido para tararear su melodía y decirnos cómo y a qué sonaba nuestra Semana Santa.

Esta fotografía amarillenta, nota escrita a pluma en su reverso, es un lienzo de época, una fotografía que dice mucho de nosotros, que habla de los pasos convertidos, de manera inconsciente, en el epicentro de nuestras procesiones, pero es también una película muda. Y nuestras procesiones son visuales pero también sonoras: nadie imagina hoy una procesión sin la compañía de redoble de tambores, de bombazos, de cornetas que marcan el silencio.

Ojalá al frotar esta fotografía, como el que frota con superstición una lámpara mágica, arrancáramos unas notas, las mismas que sonaron aquella tarde de Viernes Santo, y nos ayudaran a descubrir si las voces y el murmullo del gentío enmudecían cuando un golpe de tambor sonaba al pasar por el Mercado. Ojalá al frotarla supiéramos si un tambor, dos tambores, ninguno, un clarín, sonaban cuando una parihuela desprovista de flores cruzaba el portón de San Cayetano para alcanzar la plaza. Ojalá al frotarla se convirtiera en una cajita de música. Tal vez sea suficiente con acercarla al oído, como una caracola, y dejar que suenen el mar o la tarde del Viernes Santo: de una fotografía que ha sobrevivido a guerras y dictaduras podemos esperar un milagro. Que nos hable, que nos suene, que susurre, que nos cuente.

NOTA: Las fotos que acompañan este relato son de: Ecuardo Bueso, César Catalán, Paría Pilar Lozano y Alberto Olmo.