Cofradía de la Institución de la Sagrada Eucaristía.

             

La Semana Santa Zaragozana de 1.946, aunque comenzaba a configurarse tal y como la conocemos hoy, todavía se parecía muy poco a la actual. Las principales diferencias se encontraban en los actos que se desarrollaban, su importancia y número de participantes. En esa época, el acto fundamental era la Procesión del Santo Entierro organizada por la Hermandad de la Sangre de Cristo y, junto a ella, se celebraban anteriormente las procesiones de las Cofradías, que eran considerados como traslados de los pasos para participar en la procesión General del Viernes Santo. En ésta participaban todos los Pasos, unos llevados por las cofradías y otros, si no tenían cofradía constituida, por diversos grupos cristianos.

En 1.946 el paso de la Cena, al igual que en años anteriores, fue llevado por miembros de las asociaciones eucarísticas de Zaragoza -Jueves Eucarísticos, Adoración Nocturna, 40 Horas-. La procesión del Viernes Santo, para estos buenos hombres, para estos cristianos adoradores de la Eucaristía, se convirtió en su corazón en un obligado y periódico lugar de encuentro en el que unían, por igual, su amor al Sagrado Sacramento y su profundo respeto por la Cruz de Cristo y por la Pasión del Redentor que, de un modo incruento pero actual, se renueva diariamente en el Santo Sacramento del Altar.

Por ello, las Semanas Santas que penitencialmente habían vivido desde el año 1.936, uniendo la Cruz y la Eucaristía, sintiendo el drama de amor y Eucaristía que se vivió hace casi 2.000 años en el Cenáculo como pórtico inseparable de la pasión y camino de la cruz, les llevó a constituir una Cofradía con la que cada año poder revivir estos acontecimientos, pregonarlos a la Ciudad de Zaragoza y que les ayudara en su vivir diario a tenerlos permanentemente unidos en su corazón.

En septiembre de 1.946 se constituyó, por representantes de las asociaciones eucarísticas de Zaragoza, la Comisión promotora de la Cofradía que quedó fundada ese mismo año y sus estatutos fueron aprobados en Capítulo General celebrado en el Real Seminario de San Carlos el día 28 de diciembre de 1.946 y ratificados por decreto de erección canónica del Obispo de Zaragoza de 10 de febrero de 1.947.

Este peculiar origen de la Cofradía les llevó a alejarse de la idea que habitualmente había transmitido el paso del Cenáculo como el de la "cena" de Jesús con sus discípulos, como despedida de éstos y pórtico de la Pasión, para pasar a ser el de la Cena del Señor, en la que se instituye la nueva alianza de Dios con los hombres, en torno al Pan y al Vino, como anticipo de la Cruz salvadora, cuyo memorial todos los días se renueva en el Sacramento del Altar.

Por ello la Cofradía lo primero que hizo fue sustituir la imagen de Jesús sentado, que desde 1.828 tenía el Paso, por otra de pie, pasando de una en la que aparece Jesús en actitud de cenar a otra en la que le vemos en actitud de consagrar.

Estas mismas ideas son las que llevarán a la Cofradía a constituirse con el nombre de Institución de la Sagrada Eucaristía y no de la Cena y a sustituir el nombre del paso de “El Cenáculo”, al de la “Santa Cena”, para pasar el centro de gravedad del frío habitáculo al Sagrado Acto que celebraron en él sus protagonistas.

Estas dos ideas -Cruz y Eucaristía- son las que permanentemente han centrado la vida de la Cofradía, inclinándose más a una u otra según los momentos y las personas que dirigían y formaban parte de la misma, pero procurando mantener siempre el equilibrio entre ambas. Ideas que, de una parte, llevaron a la Cofradía a celebrar en la noche del Martes Santo un Vía Crucis, por las calles de su Parroquia en torno a una solitaria Cruz de madera, protegida solamente con un sudario y, de otra parte, a celebrar como segunda fiesta de la Cofradía la solemnidad del Corpus Christi, del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, participando de un modo muy especial en su procesión siendo los portadores de la Carroza de la Custodia.

La Cofradía, con los años fue reflexionando sobre su Paso de la Santa Cena y sintió la necesidad de un segundo Paso en el que mostrar especialmente al Señor con el Pan en la mano, en actitud de bendecirlo y de ofrecérnoslo a todos y cada uno de nosotros. Así nació el segundo Paso de la Cofradía, como el del Señor de la Eucaristía, protagonista de la Santa Cena y de su día el Jueves Santo. Por ello uniendo todas estas características tiene en una mano el pan, con la otra lo está bendiciendo, recibe el apelativo de “Cristo” y la advocación “del Amor Fraterno”, como Señor del Jueves Santo.

Además, este segundo paso, desde el primer momento, allá en el año 1.982 fue concebido como un Paso para ser llevado a hombros para, juntamente con su carácter Eucarístico, resaltar especialmente la idea penitencial del acto del traslado procesional del paso, mostrándolo en el esfuerzo y sacrificio de sus portadores. Idea especialmente resaltada y potenciada en el nuevo y magnífico Paso que en conmemoración de nuestro 50 Aniversario será flamantemente estrenado está Semana Santa de 1.996, siendo portado por una cuadrilla de 30 hermanos costaleros.

Reflexionando sobre nuestros pasos, que es como reflexionar sobre la Cofradía, podemos decir que existen entre ellos algo más que ese centenar de metros que los separa en nuestra procesión. En realidad, si examinamos su significado podemos afirmar que existen casi dos mil años de distancia entre ellos.

En el primero, en el Paso de la “Santa Cena”, vemos a Jesús rodeado de sus discípulos, en su Última Cena, en la que se despidió de sus amigos, partió con ellos el Pan y el Vino y les dejó su último y único mandato el del Amor.

En el segundo, el “Cristo del Amor Fraterno”, vemos únicamente al Señor, con la mano extendida, ofreciéndonos hoy a cada uno de nosotros su propio Cuerpo y Sangre en la nueva Alianza del Pan y el Vino. En este segundo Paso, sus discípulos, sus amigos, somos todos y cada uno de nosotros, en primer lugar sus costaleros que le rodean y llevan, en segundo lugar sus hermanos cofrades y finalmente toda Zaragoza que es llamada -hoy como hace 2.000 años- al misterio del Pan y el Vino en la Cena del Señor.

Además, con el tiempo, la Cofradía ha ido madurando una tercera idea, la de María, la madre. Idea central en todo cristiano, pero que en la Cofradía como colectivo, como asociación cristiana, ha necesitado de tiempo para nacer y fructificar, sobre todo ha necesitado encontrar su domicilio en un santuario mariano, el del Perpetuo Socorro, en el que se reunen singularmente las ideas de la madre y de la pasión, para aprehenderlas de esa Señora presurosa en acoger entre sus brazos y en socorrer a su hijo que huye atemorizado de la visión de la Cruz y de la lanza. Esa Madre, madre nuestra también, por Jesús, es a la que nos dirigimos implorando ayuda y socorro, ante nuestros pequeños dramas, ante la Cruz diaria que como cristianos hemos decidido abrazar y recoger para seguir el camino de Jesús.

Esta misma María, como madre, es a la que se aproxima nuestra Cofradía Eucarística, al haber sido la que llevo en su seno, como primer Sagrario, a Jesús, y la que posteriormente lo acogió entre sus brazos para criarlo y socorrerlo -tal y como la vemos en el icono de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro- como anticipo de esa misma madre dolorosa que recogería el cuerpo desnudo y destrozado de Jesús bajo los maderos de la Cruz.

La Virgen, desde hace cuatro años, es llevada en nuestros desfiles procesionales en su icono doloroso de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, que se encuentra en el Guión de la Archicofradía, con categoría de Paso de nuestra Cofradía, como anticipo del que con el tiempo será nuestro tercer titular.

Todos los sentimientos anteriores la Cofradía los vive principal, pública y colectivamente en cada Semana Santa desde su fundación y de un modo particular y privado en su periódicas Eucaristías, en su adoración al Santísimo Sacramento, en su trabajo cotidiano en la Parroquia, en su secciones de tambores, bombos, acólitos, hachas, costaleros, mantillas, infantiles, coro, …

En sólo dos palabras, nuestra Cofradía es Cruz y Eucaristía. En Semana Santa en la calle y el resto del año en el corazón y en la vida cristiana de sus cofrades.