Judas.

Mi nombre es Judas. Sí, soy Judas, “no el Tadeo”, el hermano de Santiago, ese que se pasa el día hablando del amor. Soy el Iscariote. Probablemente la persona más incomprendida, denostada y odiada de la humanidad. Y, tengo que seguir caminando, por el resto de los siglos, con la inmensa losa de mi recuerdo anudada en el cuello.

Pero, permitidme cinco minutos, solamente ese tiempo, para exponeros mi causa.

Soy judío. Tanto en el sentido religioso de la palabra, entendido como respetuoso observante de los preceptos de nuestra religión; como en el sentido de amante y defensor de nuestra patria, por ello adscrito al grupo de los “celotes”, los que luchamos activamente contra el invasor romano.

Probablemente, también, no sea mejor persona que otros. Interesado con el dinero, algunos dirán que avaro, o ladrón, pero creo que exageran; también me reconcozco como intransigente, incluso un tanto violento, como todos los “celotes”, todos los celosos por nuestra religión y nuestra patria. También soy apasionado y, con esa pasión, espero al mesías prometido en las escrituras, al nuevo rey y liberador de israel.

Así, con mis defectos, me acerqué en aquella época convulsa de comienzos de nuestra era a Jesús de Nazaret. Fue él quien me eligió para su grupo. Como a los demás, con mis numerosos defectos, con mi tremenda pasión. Defectos como los tenía Pedro, que era violento y precipitado; Santiago y Juan, intransigentes y duros, los “hijos del trueno”; o Tomás, desconfiado e incrédulo hasta la médula; o Simón, “celote” como yo; o Mateo, recaudador de impuestos… Era uno más de un grupo variado, en el que mis defectos no desentonaban en el conjunto. En realidad; lo único que nos mantenía unidos era la persona de Jesús de Nazaret y que él nos había elegido para su misión, aunque no entendíamos muy bien en qué consistía.

No me eligió para ser “traidor”. Me eligió para algo, pero no sé para qué. Probablemente no nos entendimos ninguno de los dos. Yo buscaba al Mesías, al nuevo rey de Israel que nos liberara del yugo romano. Él, buscaba un reino de Dios en la tierra, de amor y misericordia para todos, incluso para los romanos. En mi alma las ambiciones y esperanzas eran terrenas, en la suya estaban en otro nivel.

Poco a poco, fuimos desconectandonos. Primero vino lo del pan que nos iba a dar de comer, su propia carne y sangre como alimento. ¿Quién puede entender y tolerar eso? Luego vino lo del vaso de perfume derramado por María, la hermana de Lázaro, en sus pies. Más de trescientos denarios en perfume, con eso podrían comer cinco mil personas. No sólo nos reprendió por censurar este acto sino que lo alabó y nos dijo que dondequiera que se predique este evangelio se contará también lo que ella ha hecho para elogio suyo. Luego vino lo de entrar en Jerusalem a lomos de un pollino, derribar las mesas de los cambistas en el templo, afirmar que lo destruiría en tres días, para luego no arrogarse ninguna autoridad. Ofendía al templo y a sus sacerdotes, desataba la tormenta, pero únicamente llamaba a la tormenta de Roma.

Me llamaron cuando estaba sumido en un mar de indecisiones y dudas, me explicaron que tanto alboroto iba a tener consecuencias funestas y me ofrecieron treinta monedas que, después de tres años de privaciones, para conseguir nada, tampoco van mal. Sí, acepté.

En la cena de su última Pascua, nos dijo que uno de nosotros le iba a traicionar. Sabía que se refería a mi. Estaba sentado a su lado y me miraba con tristeza. Aun así me dio el beso de la paz, me lavó los pies, me aceptó como a uno más y me pidió que fuera a hacer lo que tenía que hacer.

Cuando nos encontramos en el huerto, pese a ir acompañado de soldados, acepto mi beso como el de un amigo. Sus únicas palabras de crítica fueron dirigidas al mero hecho de que le vendiera con un beso de amigo.

Lo demás, ya no importa, desaparecí de la historia. Me hice a un lado. Me aparté del grupo de los doce sabiendo que ya no tenía sitio entre ellos. Me he arrastrado el resto de la historia con la pesada losa de los hechos de aquellos días, rememorados contínuamente y que no han dejado que nadie los olvidara, ni dejará de censurarme un sólo día, ni de maldecirme.

Pero, me pregunto: ¿acaso soy peor o más traidor que los otros once? Todos salieron corriendo, incluso uno desnudo porque sus ropas se quedaron en las manos del soldado que le sujetaba de las telas que le tapaban. Pedro le negó tres veces aquella noche. Y, ¿quién quedaba a los pies de la cruz aquella tarde de viernes más que unas mujeres llorando deseperadamante?

Incluso, vosotros, que leéis estas pobres líneas, cuantas veces lo habéis traicionado en vuestras vidas, pese a saber que resucitó de entre los muertos y nos mostró las heridas de los clavos y la lanza para que Tomás, incrédulo, pudiera hundir sus dedos en ellas; y pese a todo, lo habéis hecho como yo, por unas monedas, por la seguridad y comodidad de no reconoceros sus discípulos, por el mero placer de lo sensual, por odio, venganza… ¿Soy yo peor, en mi ignorancia, por treinta monedas? ¿No me alcanza a mi el perdón de Cristo y el amor proclamado para todos en este año de la misericordia?

Y, yo estuve allí, aquella noche, en aquel salón, en aquella cena. Porque me invitó Jesús a sentarme en su mesa, me ofreció el pan, la copa de vino, me lavó los pies y me ofreció su paz y su amistad.

Yo, Judas Iscariote, indigno como todos de estar sentado a su mesa, reclamo mi derecho a estar en aquella mesa porque él me eligió y me llamó para estar allí. Te ruego, querido hermano que lees estas pobres palabras, que examines tus culpas, que analices tus pequeñas traiciones de cada día, incluso las que no son tan pequeñas, que no me juzgues para no ser juzgado y que me ayudes a sentarme en la mesa a la que me sentó la mano generosa de Jesús de Nazaret, de Cristo.

Igual que yo abandoné, en el suelo de los sacerdotes, las treinta monedas que me entregaron en pago de mi traición, te ruego que abandones unas monedas para ayudar a que una mano experta guie una gubia y pueda sacar de un tronco de madera las virutas que esconden mi triste cuerpo y me permitan sentarme, una vez más, a la mesa del Señor el próximo Jueves Santo.

Enrique Martínez.