Escribe nuestro Hermano Teniente. 

Hubo un tiempo en que los recuerdos transportaban a los hombres a terribles sucesos. Tiempos de dioses de piedra, de sol, ceniza y miseria, donde el hombre soñaba palabras que fueran ciertas. Los profetas se afanaban en descifrar las tinieblas, los sonidos de las náyades y de sus ineficaces vivencias. Tiempos de ritos y de leyendas, donde los monstruos se hacían hombres y los hombres se hacían bestias. 

En estos tiempos de ninfas, de deidades inconfesas, un pueblo habitaba el limbo de los que soñaban en un Dios de fuerza, guerrero y libre, de venganza y de firmeza. Dios temido y engendrado en las verdades a medias.

Pero surgió una esperanza, un cordero de sorpresa. Un adalid de la paciencia, de mensajes de reinos que reinaban sin reyes ni reinas. El Dios salvador del mundo, que abrazaba hasta las últimas impurezas. Ese Dios de hombres, esa llave del cielo y las estrellas, se hacía visible según las profecías de tiempos de otra era.

Y así, casi sin ruido, en un establo a tientas, bajo una luna muerta y un ladrido de sierra, vino al mundo un chico, entre pañales de silencio y espera. Sus padres casi lo sabían, y sin embargo qué difícil conocer los designios de Dios para tu hijo, y para su vida.

Los reyes le hicieron regalos, que importunaban su humildad sin tregua.
Bendito sea el nombre del señor, alegría en el cielo, y luz eterna. Hoy hemos visto al Hijo nacer en Belén, hoy puedo morir tranquilo, la salvación ya no es una quimera.

¡FELIZ NAVIDAD! 

Jesús Nadal,
Hermano Teniente