Una hora con...

Allá donde se desatan las costuras de Zaragoza, donde se suceden el erial y la luna, un grupo de cofrades revolotean en una nave. Son luciérnagas, abejas hacendosas atraídas por la luz de la cera; Quique Álvarez es la abeja reina que en pleno mes de octubre lidera y define la nueva iluminación del paso de la Santa Cena.

Velázquez entre nosotros: Quique Álvarez Molina

Una entrevista de Sergio Navarro, costalero de la Sagrada Eucaristía.

Fotografías de Enrique Martínez

Al atardecer Malpica es una fotografía descolorida: las fachadas de las naves se extienden en el horizonte y son apenas un apunte para los automovilistas que van y vienen de la costa. El silencio sólo es roto por unas voces, allá a lo lejos, dispuestas en un marco velazqueño: dentro del lienzo los personajes se afanan alrededor de la parihuela de la Santa Cena. No son trescientos –Esparta queda lejos- pero sí irreductibles, cofrades de enero a diciembre que se afanan alrededor del buque insignia de la Semana Santa de Zaragoza: un buque que hoy descansa en este astillero y en cuyo interior cuarenta y cinco grumetes remarán el Jueves Santo, mordiéndose un labio, para lograr que Zaragoza rece a su paso hasta amarrar en el puerto de San Cayetano.

Alrededor de la infanta Margarita pululan y posan sus damas de honor; a un lado Velázquez queda retratado para la historia. Alrededor del paso de la Santa Cena Pepe, el Chipi y tantos otros son hoy personajes secundarios, y Quique Álvarez, sevillano y sevillista, es hoy nuestro Velázquez. Cuarenta y seis años entregados a una vocación, la de ejercer de prioste, la de reformar los pasos de toda cofradía que considere sus imágenes como epicentro de su sistema solar: ya ha colaborado estrechamente con hermandades de Sevilla, Almería, Córdoba e incluso la zaragozana Ejea de los Caballeros. “Nací en la calle Pureza y ya desde chiquito me gustaba perderme entre las trabajaderas y aprender, mirando, del arte y amor de mi padre por los pasos; si me enamoré de este oficio fue gracias a él. A los doce años ingresé en el taller del mítico Guzmán Bejarano para empaparme de su sabiduría, y allí he observado, asimilado y trabajado sin descanso, aspirando hasta hoy el olor de la madera. Con su hijo Manuel, dignísimo heredero, compartí correrías y amistad desde la infancia, y hoy dirige uno de los mejores talleres, si no el mejor, dedicados a la creación de altares y pasos de nuestro país: recibe pedidos tanto de nuestra Sevilla natal como de ciudades como Roma. Un equipo de carpinteros, ebanistas, doradores y orfebres, entre otros artesanos, trabajan bajo su tutela para crear estas obras de arte”.

Oficio. Palabra hermosa, casi en desuso. Me gusta Quique porque sus manos hablan en silencio. Porque las imposturas, enfundado en una camiseta cualquiera, quedan lejos. Porque todos los sabios son humildes. Porque no se da importancia. Porque escucha. Porque aprendes de lo que dice y de lo que no dice. Porque sugiere y no impone. Porque sus veintinueve años

de costalero son para él una discreta línea, de la que no se habla: se recuerda. Aquí hay duende, y no es un drama lorquiano. Aquí hay duende y magia y tronío y poso sin arrugas. Aquí

hay oficio. Aquí hay quejío, ese no sé qué que se tiene o no se tiene. Quiquelo tiene.

Narra Enrique Martínez en su libro “Luz” (A. C. Redobles, Colección Monografías, número 5) la ocasión en que Manolo Guzmán, en carne mortal, pisó Zaragoza, palpó el paso de la Santa Cena, que aguardaba en la parroquia del Perpetuo Socorro, y pronunció una frase que sentenció su futuro: “Lo veo. Se puede hacer”. Lo que podía hacerse, lo que quería hacerse, era transformar las bodegas del paso para que fueran ocupadas, la noche del Jueves Santo y la tarde del Viernes Santo, por un puñado de costaleros. Quique apunta que el paso no era, en absoluto, desconocido para Manuel, pues con anterioridad ya había sido restaurado en su taller.

Quique, que ha estado tan cerca del Cristo del Gran Poder como sólo puede estarlo un elegido; Quique, que ha sido prioste en San Gonzalo y habla maravillas de muchas hermandades de su Sevilla, como las de San Gonzalo o Cigarreras, desgrana que “es la tercera vez que vengo a Zaragoza; en 2011 viajé acompañado de mi hermano Antonio para renovar el suelo del paso y la disposición de las imágenes, y en 2012 volví ya solo para vestir a Jesucristo y sus Apóstoles. El inicio de las Fiestas del Pilar ha coincidido con mi nueva visita, consagrada a renovar casi íntegramente la iluminación del paso de la Santa Cena, dotándola de al menos cuarenta y cinco puntos de luz, reflejo del alma de sus costaleros. Con la ayuda de Pepe y el Chipi hemos adaptado los candelabros -que hasta ahora iluminaban durante su Triduo al Cristo del Amor Fraterno y se encontraban en óptimo estado- a la estructura del paso, cuidando de no encarecer el volumen ni las dimensiones del conjunto; no hay que olvidar las estrecheces que sufrimos para que el paso supere las puertas de la parroquia del Perpetuo Socorro o de San Cayetano. Los hemos dispuesto, como se podrá apreciar ya durante los ensayos de costaleros, en los costeros, el frente y la trasera del paso. Es más, hemos multiplicado los puntos de luz que estos candelabros ya ofrecían en su origen”.

Diego de Velázquez es un invitado eterno en el lienzo de la Infanta, pero nuestra mirada se dirige a su pincel. Con Quique sucede otro tanto: es apenas una sombra diluida en la nave pero todos siguen el camino que dicta su brújula. El paso de la Santa Cena de Zaragoza es hoy un cuadro inacabado, un lienzo de claroscuros, que él ya imagina paseándose como un fuego atronador cuando recorra nuestras calles; de alguna manera es a lo que el pintor Rafael de Urbino se refería cuando antes de pintar un cuadro se formaba en su mente “una cierta idea del todo”.

Es importante satisfacer tanto las expectativas del fiel que observa a escasos centímetros detalles del paso como la de quien decide esperarlo allá a lo lejos: tratamos de alcanzar la excelencia y ofrecer una estampa única”.

Hablamos de las cuarenta y cinco almas que, comandadas por su capataz y sus contraguías, se enrolarán en esta nueva aventura que nos espera a la vuelta del invierno. Y hablamos de lo que sus ojos apenas intuirán bajo las trabajaderas. “Hemos añadido catorce faroles de mano que, dispuestos en lugares estratégicos, y ayudados de los candelabros, van a convertir el conjunto en un fuego de luz en la calle. Arañar un hueco para éstos últimos ha obligado a ajustar la disposición de dos de los Apóstoles. Y en esta multiplicación de la luz de cera en el paso quiero destacar algo: la tarea impagable que aguarda al cofrade que, en la Semana Santa de 2014, se encargará de que su luz permanezca viva durante todo el recorrido”.

Alejandro, cuatro años, sobrino de Quique, es el nuevo eslabón de esta cadena que iniciara su padre: un niño que ya observa el quehacer de su tío y también juega entre los pasos sin saber que el futuro también le reserva un hueco al fondo de otro lienzo: un lienzo aún por pintar. Tal vez se enamore de San Gonzalo, tal vez aprenda a fajarse muy pronto, tal vez le recorra el duende al olor de la madera, tal vez apriete la mano de su tío en marzo, por qué no, cuando vuelva a Zaragoza: Quique será uno más –camiseta blanca, costal inmaculado, alpargatas- mezclado entre nosotros, en esa mudá que el Ebro ya espera y que él se ha prometido y ha prometido no perderse.

Sergio Navarro