Damián Cubillo

Trabajar, servir, amar

Una entrevista de Sergio Navarro, costalero de la cuadrilla de la Eucaristía y director de la revista Redobles. Fotografía de Enrique Martínez.

En todo hombre habitan varios hombres: lo que hemos sido, lo que somos, lo que seremos. En Damián conviven el niño que vio la luz en un pueblecito burgalés y el cura idealista al que la realidad suburbial de los 70 empañó la mirada; el padre que ayuda a las familias a escalar las dificultades y el párroco que, desde hace apenas dos meses, ha tomado las riendas de nuestra parroquia del perpetuo Socorro. Con él conversamos una tarde del incipiente otoño, apenas atisbado, en su despacho.

Nací en Santa Cruz de Juarros, en una pequeña localidad vecina a Atapuerca; allí quedó ligada mi infancia hasta que viajé al Monasterio del Espino, un enclave del siglo XV, hoy Monumento Nacional, donde continué mis estudios por espacio de cuatro años. ¿Por qué redentorista? En verdad uno de mis tíos ya engrosaba la orden y seguí sus pasos. Los dos últimos años del Bachillerato los cursé en El Escorial y luego pisé tierras granadinas hasta ligar mi primer año de noviciado a las chabolas de Vallecas”.

Damián fija sus ojos en los tuyos y rara vez se evade salvo para bucear en busca de la respuesta adecuada. Se repliega sobre una silla a la que, como a la parroquia, todavía debe ajustarse. Y es que “apenas hace unas semanas que llegué al Perpetuo Socorro. Sería aventurado, prematuro por mi parte, emitir un análisis de lo que he conocido hasta ahora. Sí tengo la sensación de que nuestra parroquia está remontando una pequeña crisis y a ello ayudan los grupos aquí incardinados, desde la cofradía a los talleres de oración; también subrayo la labor desempeñada desde hace poco más de un año por otro redentorista, Víctor, que con su juventud ha mantenido viva la llama y de alguna manera seguirá ejerciendo de ligazón entre la parroquia y la cofradía”.

Atisbo cierto desencanto en Damián al referirse a aquellos años setenta, que fueron años de barro en los zapatos y pobreza en las manos. “Vallecas era por entonces la gran barriada –apunta Damián- de la gran emigración española; en casas de apenas treinta metros cuadrados llegaban a convivir diecisiete personas. Fue una época de entusiasmo, de lucha, en la que tuve el privilegio de sentir cerca, en el barrio de Entrevías, a un referente como el Padre Llanos”. ¿Qué queda de aquel Damián? “Todo. Estoy encantado de haber vivido aquella época destinado en aquel barrio, que en nada se parece al actual, pero también arrastro la decepción propia que provocaron aquellos políticos de izquierdas que se subieron al carro de los ideales que defendíamos en beneficio propio”. Podríamos coser aquí los versos del llorado Ángel González, que decían: “Como un estanque sucio, / el tiempo / cubrió con su agua turbia las palabras, / los discursos, las frases / cargadas de propósitos sinceros”.

¿Ha llegado a Zaragoza con su propia hoja de ruta? “Sí y no. La mía es muy simple: trabajar, servir, amar. Todos los religiosos que componen nuestra comunidad, excepción hecha de Víctor y de mí, están ya jubilados, y nuestra obligación es tirar del carro, asumir más responsabilidades, mantener vivo el espíritu comunitario y parroquial y hacer lo que se espera de nosotros. A nivel personal pretendo ofrecer, a cuantos lo necesiten, un gabinete de terapia familiar, materia en la que me especialicé hace tiempo; durante mi estancia en Asturias, durante catorce años, y posteriormente cuatro años en Madrid, mantuve abierto este servicio, que trata de ofrecer soluciones tanto a matrimonios que puedan atravesar una crisis como los propios de una etapa tan convulsa como la adolescencia. Quizá, incluso, me aventure a hacer realidad una escuela de padres o el taller de novios preparatorio para el matrimonio”.

La cofradía es, amén de la numerosa, una de las comunidades más vivas del Perpetuo Socorro, en perfecta comunión con los Padres Redentoristas. La pregunta queda en el aire: ¿qué puede ofrecer, qué puede aportar la Cofradía de la Institución de la Sagrada Eucaristía a la parroquia? “Es verdad que, por lo visto y deducido hasta ahora, la parroquia está viva: jornadas de donación de sangre, actividades abiertas como el rastrillo, la Archicofradía del Perpetuo Socorro,… Aventuro que la Eucaristía, que vino a conocerme y ponerse a mi disposición cuando llegué a Zaragoza, espera de mí que ponga facilidades a sus propuestas y actividades; y yo, que hasta ahora no había estado vinculado a ninguna hermandad, espero de ella que además de sus actos litúrgicos aporte mucho más a la vida en comunidad; estoy convencido de que cuenta con los mimbres necesarios”.

En Damián permanece la energía del niño castellano, sobrio –como así se deduce de la sencillez, casi espartana, de su despacho, que apenas rompe la presencia de un ordenador- y sentimental y al tiempo introvertido; el hombre en el que conviven el sacerdote, el terapeuta, el amante de la naturaleza y el senderismo, el Damián de gustos sencillos como la lectura o la música y, subraya, el amigo de las tertulias, de rozarse con la gente, con los vecinos, el que gusta de escuchar y observar; un Damián que vuelve de vez en cuando a su Santa Cruz natal para recobrar la mirada limpia de la infancia y el sabor del lechazo castellano, y para saber qué ha sido y qué es de los escasos doce habitantes que sobreviven a su invierno duro y seco. Mientras el frío llama a las puertas Damián nos aguarda, cada mañana, a las nueve, en nuestra parroquia: es la hora de la eucaristía y la de llamar a su puerta si el hielo o los problemas quiebran nuestras manos. Trabajar, servir, amar. La trilogía de Damián. Bienvenido.