San Ignacio de Loyola.

(Ad maiorem Dei gloriam; lema jesuita)

Son aproximadamente las 10.45 h. de la noche del Jueves Santo y la Cofradía de la Institución de la Sagrada Eucaristía ya empieza a barruntar el sentir de las calles estrechas y acogedoras del casco histórico de la ciudad. Atravesar la Avda. de la Constitución, supone cruzar un círculo no trazado, pero que nos introduce en los alrededores de Santa Engracia y por lo tanto, empieza a oler a ciudad histórica. Para ello, antes deberemos de pasar por la calle de nuestro insigne personaje de hoy, uno de los grandes, un santo de esos, sin los que la iglesia hoy, no sería lo que es: Uno de los grandes; puesto que grande era su amor a Jesucristo.

Nace Íñigo (tal fue su nombre en el bautizo), en Azpeitia, población de la provincia vascongada de Gipúzcua, en el año de Nuestro Señor de 1491, en el Castillo de Loyola. Su padre era Señor de Ofiaz y de Loyola, jefe de una de las familias más antiguas e ilustres de la región. No era menos ilustre el linaje de su madre. Fue el menor de los once vástagos que tuvo el matrimonio, y su destino estaba claro: se iría al clero o serviría en las milicias del Rey de España.

Optó por la milicia, Iñigo de Loyola (Ignacio), era un hombre vital, lleno de proyectos y ganas de vivir esta vida intensamente; una vida que él veía llena de aventuras. Si bien, su carrera militar duraría poco, una bala de cañón le rompió una pierna en la defensa del castillo de Pamplona, en el marco de la guerra civil navarra, estando Ignacio del lado de las tropas castellanas, frente al otro bando apoyado por las tropas francesas. No resignándose a quedarse cojo y abandonar una vida que él presuponía llena de gloria y triunfos personales, se sometió a varias operaciones ( de las de la época). Como la pierna no quedó bien, se la volvieron quebrar para recomponerla, sin anestesia, cualquier cosa con tal de volver a la milicia. Lógicamente, y gracias a Dios, la pierna quedó mal, e Ignacio, cojo para siempre. Sí, gracias a Dios, porque grandes soldados España <<tuvo>> muchos; así como grandes santos, pero estimamos como más necesarios los segundos, que los primeros. Si esa pierna hubiera quedado bien, España habría ganado un gran soldado, pero el mundo se habría perdido un gran santo (cosas de Dios).

Con el objeto de distraerse durante su larga convalecencia, Íñigo pidió algunos libros de Caballería, a los que era muy aficionado, pero quiso la providencia, una vez más, que no los hubiera en el castillo familiar de Loyola. Lo único que se encontró, fue una historia de Cristo y un volumen de vidas de Santos (lecturas poco convenientes y peligrosas, por sus efectos, como veremos después). De <<semejantes>> lecturas, Íñigo (Ignacio) empezó a pensar que de qué barro estarían hechos aquellos hombres y que si él estaba hecho de ese mismo barro, él también podría hacer lo que ellos hicieron.

Íñigo empezaba a dejar de ser Íñigo, para empezar a ser Ignacio. Dentro de él, empezaba a hacer  daño el terrible veneno de sentir que los pensamientos que procedían de Dios le llenaban de consuelo, paz y amor; empezaba a sospechar que sólo Dios podría satisfacer su corazón: estaba perdido.

En medio de aquestas tribulaciones, y en un proceso en el que parecía no haber remedio ya, para echarlo todo a perder, una noche se le aparece la Virgen María, rodeada de luz y llevando al niño en sus brazos. La visión consoló profundamente a Ignacio. Estando la santísima Virgen María por medio, no había nada que hacer, e Ignacio iría en peregrinación al Monasterio de Monserrat, donde determinó llevar vida de penitente y llegar a Tierra Santa para ir a predicar.

No le fue muy bien a nuestro santo por tierra santa, su ardor guerrero en la defensa de la fe y en el anhelo de la predicación y conversión de los musulmanes, llevó al franciscano responsable de los santos lugares a <<ordenar>> a Ignacio, que los abandonase, ante el temor de que los mahometanos, enfurecidos por el proselitismo de San Ignacio, le raptasen y pidiesen dinero por él, o que al final lo ejecutaran.

Resignado ante la realidad, Ignacio obedece y vuelve a España, corre el año del Señor de 1524. Haciendo valer aquello de que no hay mal que por bien no venga, dedica este tiempo al estudio, pensando que <<esto le serviría para ayudar a las almas>>. El santo hizo progresos en los estudios, soportando con paciencia y humor las burlas de sus compañeros de escuela, que eran mucho más jóvenes que él. Ignacio carecía todavía de la formación y sobre todo de la titulación necesaria para enseñar y como había mucha desviación y temor a la herejía y a la reforma protestante, es denunciado en varias ocasiones, llegando a estar procesado por la Inquisición, quien lo absolvió finalmente. No obstante, se le prohíbe llevar hábito particular y enseñar. Ante esta tesitura, Ignacio decide abandonar España y marchar a París, adonde llegara en 1528.

En París pasará varios años dedicado al estudio de la filosofía. Allí indujo a muchos compañeros a consagrar los domingos y días de fiesta a la oración, ello le valdrá una dura reprimenda por parte de su maestro, al considerar que estas prácticas desviaban la atención de los alumnos de sus estudios. Llevado al rector, este le condenó a ser azotado para desprestigiarle. Ignacio no <<rebló>> y fue al rector a exponerle sus argumentos, este no dijo nada, pero tomó a Ignacio de la mano, le condujo al salón donde estaban los alumnos reunidos y le pidió públicamente perdón. En 1534, a los cuarenta y tres años de edad, San Ignacio obtendrá, por fin, el título de Magister (Maestro).

Movidos por su fervor, se unen a Ignacio un grupo de compañeros, haciendo voto de pobreza, de castidad, y de obediencia al Papa, ofreciéndose a este, para que les empleara en el servicio de Dios, como mejor lo juzgase. Resolvieron que si alguien les preguntaba el nombre de su asociación, responderían que pertenecían a la <<Compañía de Jesús>>, (la palabra jesuita, aparecerá después, como un apodo). En esa época, en Roma, mientras oraba, se le aparecerá Jesús, rodeado de un halo de luz y cargado con una pesada cruz, quien le dijo: <<Os seré propicio en Roma>>.

La congregación religiosa va tomando forma, eligen a Ignacio como superior general, a quien todos obedecerían como tal, siendo esta obediencia a su superior, de por vida y con autoridad absoluta. El Papa Paulo III, aprobará la <<Compañía de Jesús>>, mediante una bula en 1540. Ignacio pasará el resto de su vida en Roma, consagrado a la colosal tarea de dirigir la orden que había fundado. En vida del santo se fundaron universidades, seminarios, y colegios en diversos rincones del mundo. La obra educativa había de distinguir de manera especial a la Compañía de Jesús. Su compañía sólo está obligada a responder de sus actos ante el Papa.

Una de sus obras más famosas y que no podemos dejar de nombrar aquí, fue el libro de los Ejercicios Espirituales. Las principales reglas de los mismos se encuentran ya escritas, pero diseminadas, en las obras de los Padres de la Iglesia. La gran virtud de Ignacio será ordenarlos metódicamente y formularlos con perfecta claridad.

Durante los quince años que dura su gobierno, la orden aumentará de diez a mil miembros, extendiéndose en nueve países europeos, en la India y el Brasil. Su labor habrá sido fundamental en la lucha contra la Reforma protestante y en el freno de su expansión. Su orden tenía obediencia y sólida cohesión, lo contrario al desorden y la revolución que había en el mundo de la Reforma.

Durante esos quince años, enfermó varias veces, con lo cual a nadie se extrañó de que enfermara una vez más, pero esta vez murió súbitamente, el 31 de julio del año de gracia de nuestro Señor de 1556, sin haber tenido tiempo para recibir los últimos sacramentos; se ve que tampoco le hacían mucha falta. Fue canonizado en 1622 y Pío XI le proclamó patrono de los ejercicios espirituales y retiros.

Para todos aquellos que como yo, os gusta acercaros a los lugares donde están enterrados aquellas personas merecedoras de nuestro respeto y admiración, San Ignacio de Loyola está enterrado en Roma, en la iglesia de <<IL GESÚ>>. Humanamente hablando, acercarnos a lo que son los restos mortales de dichos personajes, nos acerca a ellos, nos hace sentirlos presentes y nos ayuda a reflexionar sobre su obra, a darles las gracias por la vida vivida y quizá, a plantearnos, si nosotros también estamos hechos del mismo barro y que si es así, nosotros también podemos hacer lo que ellos hicieron…; ¡pero, peligro!, ¡despierta!, ten cuidado no vayas a iniciar el camino de la santidad, ten cuidado con los libros que lees y los pensamientos que tienes, no te vaya a ocurrir como a San Ignacio.

Javier Barco

 
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