Santa Joaquina de Vedruna.

             

Todavía nos suena raro, a los que ya llevamos unas cuantas primaveras, esto de la calle de “Santa Joaquina de Vedruna”, antes le decíamos simplemente, la calle “Madre Vedruna”. Lo que uno interioriza de niño, ¡qué difícil es luego cambiarlo! Pero, no le vamos a escatimar a la “Madre Vedruna”, el reconocimiento oficial de santidad, que la Santa Madre la Iglesia le reconoce. ¡Ya nos gustaría a nosotros! ¿O no? No estoy yo muy seguro de la respuesta que daríamos a esta pregunta.

No es un valor en alza, precisamente, en nuestra sociedad, este de la santidad. Lo asociamos a gente aburrida, apocada, sin éxito económico, con vidas tristes y poco excitantes. ¡Vamos, que eso de la santidad es poco menos que un rollo! Y que como soy bueno, porque no he matado a nadie (pérdida de sentido del pecado), pues que Dios me perdonará e iré al cielo y ya está, para qué me voy a esforzar más.

Y pregunto yo, si por ejemplo fue aburrida la vida de Juan Pablo II (recientemente nombrado beato y en camino imparable hacia la santidad), leeros su biografía. ¿Creéis que le faltó excitación a la vida de la también beata, Madre Teresa de Calcuta? Es difícil imaginar una vida más intensa, más llena de cosas y más revolucionaria, que la de Santa Teresa de Jesús. Apasionante resulta la vida de San Francisco de Borja, un día de estos, aunque no esté en “Nuestras Calles”, os contaré algo de su vida, una de sus frases, forma parte de mi ideario de cabecera. Y así podemos seguir en un interminable etc., repasando vidas de gente que pasó por el mundo haciendo el bien y que desde luego no se aburrieron nada de nada.

Profundamente convencida de la enorme felicidad que a ella le reportaba sentirse llena de Dios, una de sus máximas era que todo el mundo, cada uno en su propio estado de vida, podía y debía santificarse. A Joaquina todo le hablaba de Dios, lo veía en todas partes. Fue precisamente esa confianza ilimitada en la Divina Providencia, abandonada por completo en los brazos amorosos del Padre, lo que le permitió adaptarse a las circunstancias más imprevistas y a los grandes cambios que se produjeron en su vida.

Joaquina nace en una familia acomodada, de profundas creencias cristianas y es en ese caldo de espiritualidad familiar, donde se cuece la santidad de nuestro personaje de hoy. ¡Qué familias más distintas a las de hoy! Si a la mayoría de nosotros, devotos cristianos, nos preguntan si creemos que debiera haber más sacerdotes, casi todos responderíamos que sí. Pero si la pregunta sigue y nos dicen que si nos gustaría que un hijo nuestro fuera sacerdote, en la mayoría de los casos la respuesta sería que no, ¡eso no!, yo quiero para él otra cosa, eso, que lo sean otros. ¿Creéis que en nuestras en general, se dan las condiciones para que un hijo nuestro en un momento dado, pueda sentir inclinación por la vida religiosa? Pues si no queremos que nuestros hijos profesen vida de espiritualidad y entrega a los demás, y si en nuestras familias no se da el caldo en el que se cuezan las vocaciones, ¡de qué nos extrañamos porque no haya vocaciones!

¿De dónde queréis que surjan, si no es del seno de las familias cristianas? Nuestra Joaquina, quien a buen seguro reproduce el ambiente de familia cristiana que hereda de sus padres, verá cómo cuatro de los nueve hijos que tuvo en la etapa de su vida en la que estuvo casada, se hicieron religiosas, lo que continuará con alguna de sus nietas.

El marido de Joaquina fallecerá repentinamente y después de años de sacrificios por su familia, orientados ya sus hijos y libre de cargas familiares, se hará religiosa, su gran deseo de la infancia. Fundará en 1826 “Las Carmelitas de la Caridad”, profesarán ocho jóvenes con ella, pronto serán trece y enseguida cien.

Perseguida por los liberales, en el marco del sangriento siglo XIX, tiene que exiliarse a Francia. A su regreso continuará con la labor fundadora, creciendo admirablemente su comunidad y multiplicándose sus casas. En la actualidad, la comunidad de las Carmelitas de la Caridad tiene más de 290 casas en el mundo, con unas 2.700 religiosas. Más de 40.000 niños son educados en sus centros y numerosas personas son atendidas en sus hospitales, con el cariño y atención que la fundadora enseñaba (en nuestros hospitales, hoy en día, ya casi no hay monjitas, ¡qué pena!).

Nacen con el lema: “Sólo quieren trabajar por la gloria de Dios y el bien del prójimo”. Su profunda vocación de servicio a los demás, las lleva a estar en diversos ámbitos: enseñanza, hospitalario, asistencial, social, evangelizador.

En 1850 empezó a sentir los primeros síntomas de la parálisis que la acabaría inmovilizando por completo. Aconsejada por el Vicario Episcopal renunció a todos sus cargos y se dedicó a vivir humildemente como una religiosa más. Durante cuatro años la parálisis se irá extendiendo hasta quitarle incluso el habla. Pero no será esto lo que se la lleve, una epidemia de cólera acabará con su vida en 1854, pasando santamente a la eternidad. Será declarada santa por Juan XXIII.

Joaquina había nacido en el año de gracia del Señor de 1773, en Barcelona y en la misma ciudad que la vio nacer, será también donde entregue su alma al Señor.

Su mensaje en cuatro puntos: 1)En nuestro propio estado de vida podemos y debemos santificarnos. 2)Estemos siempre atentos al Señor y con las puertas abiertas, “que llama”. 3)La vida de sacrificio es camino corto para el cielo. 4)La oración y la humildad son necesarias.

Javier Barco; hermano cofrade