Lo que nos hizo cambiar.

  

En ocasiones, cuando miro nuestro Cristo del Amor Fraterno y recuerdo la Cofradía antes de que llegara, me cuesta reconocernos. Lleva con nosotros casi veinticinco años y nos ha hecho cambiar mucho. Porque, no lo podemos dudar, hemos cambiado, crecido a su cobijo y al de su Paso.

Echo la vista atrás y me tengo que retrotraer mucho en el tiempo. Por lo menos hasta vísperas de la Semana Santa de 1981; concretamente, al 2 de abril. Ese día, las crónicas recuerdan que se derrumbó la techumbre del Garaje Solano en el que se guardaban los Pasos de Zaragoza. Una de las vigas cayó encima de nuestro Paso de la Santa Cena, rompiendo imágenes, dañado el conjunto y sin posibilidad de arreglo para salir, diez días más tarde, en las procesiones de aquella Semana Santa.

Esa Semana Santa la habíamos preparado con una ilusión muy especial. Un nuevo Guión bordado -el mismo que hoy nos acompaña- iba a abrir nuestro desfile procesional. Pero el hundimiento del Garaje había arrastrado todas nuestras ilusiones, dejándonos sin Paso, casi sin Procesión. Al final se decidió salir con el Pan. Era lo único que nos quedaba y lo que necesitábamos para pregonar a Jesús hecho Eucaristía.

Se hizo todo lo que se pudo. Se hizo bien. Pero, en la vida, algunos sucesos dejan huella imborrable en nuestra historia.

A lo largo de aquel año, de Semana Santa a Semana Santa, se acometió una reparación, urgente, pero insuficiente, del Paso. Apenas sirvió para reconstruirlo y disimular sus graves heridas, pero sin llegar a ocultar las cicatrices que quedaron. Además, por dentro del Paso, teníamos una estructura doblada por el impacto de la viga, dañadas las imágenes, con escorchones, pérdida de pintura, dedos partidos, ... Mucha pérdida para tan poca Cofradía.

Pero todos esos daños, que vivimos de un modo muy intenso en aquellas fechas, nos hicieron acercarnos a nuestro Paso más que nunca. Pensemos que, habitualmente, se recogía en el garaje, desde el Sábado Santo hasta el Jueves Santo del año siguiente, en el que por la mañana se acercaba -primero al Colegio de La Salle y luego a Santa Mónica- donde, en la calle, se le ponían las flores para quedar al sol, esperando a que saliéramos de los oficios y unirse, por la tarde, a nuestra procesión. Apenas lo conocíamos, prácticamente no lo veíamos. Pero, también, apenas sentíamos su falta, hasta que nos faltó del todo.

Surgieron las inevitables conversaciones de café, o de otras bebidas más espirituosas, cuando avanzaba la noche y se comienza a perder el sentido de la hora en que se vive y de la realidad, forjándonos sueños de despiertos: ¿reparar el Paso o hacer uno nuevo?

Afortunadamente, siempre termina amaneciendo un nuevo día que te hacer retomar la cotidianidad de la vida. En el siguiente café, con los pies firmemente asentados en el suelo, comprendíamos la imposibilidad de hacer un Paso nuevo al tener que multiplicar, todo, por trece imágenes.

El traslado del colegio a una parroquia nos hizo intensificar nuestra vida pastoral a lo largo del año. Comenzamos a realizar misas cada dos meses, actos para Navidad, Corpus... En una palabra, se intensificó nuestra vida cofrade. Aumentó nuestro contacto. La Cofradía adquirió un nuevo dinamismo y seguimos sintiendo que nos faltaba esa referencia en la que plasmar nuestra devoción a la Eucaristía.

Un día surgió la pregunta: ¿Si no podía ser un Paso nuevo con trece imágenes, por qué no uno con una sola imagen? Una imagen de Jesús, en actitud de consagrar, ofreciéndonos el Pan y que la pudiéramos tener con nosotros todo el año, en nuestras Eucaristías, en nuestros cultos... Una imagen que, también, nos permitiera crecer como Cofradía a su lado, caminando de su mano.

Sí, caminando a su lado porque, desde el primer momento, surgió unido a la loca idea de que el nuevo Paso que la llevara, tenía que salir andando, tenía que ser llevado a hombros por sus hermanos.

Recuerdo un Capítulo, hoy me parece muy remoto en el tiempo, fue en el año 1984, hace ya treinta años. En él, como secretario de la Cofradía, me encargaron presentar dos propuestas, para que los hermanos eligieran. De una parte, unos bocetos de Jorge Albareda, para realizar una imagen de Jesús consagrando -un dibujo de pie, otro sentado- los dos en un Paso para ser llevado a varal. De otra parte, acometer una reparación del Paso de la Santa Cena.

El Capítulo acordó comenzar por la reparación del Paso de la Santa Cena, como algo de presente, más urgente y real. Para acordar que, en un momento posterior, se avanzase en la construcción de ese Paso y esa imagen que nos mostrara a Jesús consagrando.

El año siguiente salimos con el paso de la Santa Cena reparado, en la medida que pudimos. Se elevaron varios centímetros las imágenes sobre la plataforma del Paso, se sanearon, cubrimos escorchones y fisuras, se repintó todo; también se renovó toda la instalación eléctrica y la iluminación.

Unos meses después, Antonio Matute, que en aquellos años era nuestro Hermano Mayor, trajo de sus vacaciones en Murcia unas fotos de su Catedral, con una imagen de Jesús en acción de consagrar, con el Pan en la mano, y unas conversaciones con el escultor Antonio Labaña que podía hacer, para la Cofradía, una imagen parecida.

Poco tiempo después, la Cofradía se trasladó al Perpetuo Socorro. Cambió la Junta de Gobierno, una vez, dos veces. Se reorganizó todo y, se retomaron las gestiones para construir el nuevo Paso. Finalmente, el 14 de abril de 1.989 se aprobó en Capítulo extraordinario encargar a Antonio Labaña la realización de la imagen.

Con esto no terminamos nada; únicamente comenzamos todo. Aun se tuvieron que dar muchos pasos y realizar muchas gestiones hasta que se consiguió tener la imagen en Zaragoza y su Paso. Pero, por no tener, el primer año que salió, no tenía ni nombre. La advocación de Cristo del Amor Fraterno se aprobó en un Capítulo celebrado después, en 1.992, a propuesta de Javier, pero eso, ya es otra historia.

Incluso, de aquellos años, hay quién recuerda un sobre olvidado en una céntrica plaza de Murcia, con el dinero para pagar al escultor su trabajo y, milagrosamente, un rato más tarde, el sobre seguía en el mismo sitio, se pudo recuperar y pagar.

El resto forma parte de otros recuerdos, más cercanos, más conocidos, ya de estos 25 años, que iremos recordando los próximos meses durante la celebración de las bodas de plata de nuestro Fraterno. Pero antes, he querido traer a la memoria unos retazos de su prehistoria, el recuerdo de sus orígenes que se alargaron varios años -cómo todo lo que merece la pena-.

En esos años, no sólo nació la imagen, sino también las ideas que, posteriormente, la definirían y le darían su sentido y la fuerza que tiene entre nosotros.

En primer lugar; nació como un hijo del Paso de la Santa Cena, como una parte de él. O, como preferimos decir, como una instantánea sacada de la Santa Cena, que nos permite ver un primer plano de su momento central.

En segundo lugar, pero directamente derivado de la idea anterior, toda la imagen gira sobre sus manos, con el pan partido, bendiciéndolo. Esta idea une, íntimamente, esta imagen con la propia Cofradía: la de la Institución de la Sagrada Eucaristía.

Una tercera idea, muy importante, esta imagen tenía que salir en un paso que fuera andando sobre los hombros de sus hermanos, sobre su esfuerzo y penitencia. Esta idea -sueño en un principio- junto con las dificultades para llevarlo los primeros años, tendrá gran parte de la responsabilidad del profundo impacto que produjo en todos nosotros.

Finalmente; pero no menos importante, era una imagen que venía para estar con nosotros, no solo el Jueves y Viernes Santo, sino todo el año.

La imagen, el Paso así concebido, fue sentido como propio por toda la Cofradía desde su primera aparición entre nosotros. El Martes Santo necesitó únicamente recorrer las dos docenas de metros del pasillo central del Perpetuo Socorro para que más de veinte hermanos dejaran aparcados sus tambores, bombos y velas, para al día siguiente, atendiendo la llamada del Hermano Mayor Jesús Ceitegui, dónde sólo había doce hermanos estuviéramos treinta y cuatro. Solamente así pudo salir nuestro Paso en su primera noche del Jueves Santo y llegar a San Cayetano acompañado de su Cofradía.

En este veinticinco aniversario en el que recordaremos generosamente al Cristo, Paso y costaleros, no nos podemos olvidar de nuestra Sección de Tambores y Bombos, así como de toda la Cofradía, que desde el primer momento hizo suyo este sueño, lo apoyó y sin quienes no hubiera podido cruzar las puertas del Perpetuo Socorro.

Enrique Martínez.

Tambor, Tambor, costalero y pertiguero.