San Mateo. El apóstol rescatado.

Vio Jesús a un hombre llamado Mateo, sentado en el despacho de impuestos, y le dice: “Sígueme”. Él se levantó y le siguió.

Los fariseos decían a los discípulos “¿por qué come vuestro maestro con los publicanos y pecadores?” Mas él, al oírlo, dijo: “No necesitan médico los que está fuertes sino los que están mal.”

Publicano, cobrador de impuestos; tenido por avaro, duro de corazón y corrompido. Recibiría el odio de los judíos que los consideran a ras con ls prostitutas, los gentiles y los pecadores. Sin embargo, Jesús pasa junto a él por el sitio de los impuestos y ve mucho más; Mateo, al escuchar de sus labios, aquella imperiosa invitación: "Sígueme", cierra los libros, sale de su trabajo, abandona la caseta, y de publicano y estafador pasa a ser discípulo y seguidor de Cristo.

Después de la resurrección se dedicó a predicar a los judíos y para ellos escribió el Evangelio.

Hay un misterio en Mateo. No encaja su oficio con el testimonio que nos transmite su evangelio; ningún otro subraya tanto las virtudes del pueblo judío y, sin embargo recauda impuestos para los romanos. Recauda impuestos, probablemente con usura, se ha vendido a los paganos y, sin embargo, con una palabra y una mirada lo deja todo para seguir a Jesús.

Hombre de mente ágil; buen estadista, matemático de gran talento; agudo, perspicaz, hábil; se fija metas y llega a lograrlas. Ordenado y metódico, como se desprende de su evangelio y de su profesión de recaudador.

En la imagen de Navarro Arteaga vemos una persona pulcra, incluso elegante, con un rostro despejado y una barba, larga pero cuidada, cuya mirada lo domina todo. Lo vemos, con una nota especial de atención, guardando todo en su memoria para luego poder contarlo a los demás; incluso en la composición de la bendición, al lado de Juan, mirándose, como si de una forma cómplice se estuvieran invitando a registrar todo lo que pasaba.