Lo que no se ve en Semana Santa.

             

Siempre que hablamos o escribimos sobre nuestra Semana Santa, lo hacemos de lo que podemos ver. Hablamos de nuestros tambores, de nuestros toques, del Paso, de lo bonito que ha quedado con las flores, del incienso que lo perfuma todo. Nuestras revistas, nuestros ensayos, nuestras conversaciones en La Pasión, se llenan de encendidas defensas y debates de lo que se puede ver. Incluso de lo que se oye o se huele. Pero, que pocas veces nos acordamos de aquello que no se ve, no se oye, ni se huele.

Y, lo realmente importante, es lo que no se ve; lo que está debajo de todo, bajo nuestro hábito de nazareno, oculto en el interior de nuestro corazón.

Sin duda; es importante el tambor, el redoble, el Paso o las flores y el incienso, pero no son más que manifestaciones externas. Lo importante es la fuerza interna que las hace surgir.

Se critica a la Iglesia, en general, y a las Cofradías, en particular, por la cantidad de dinero que -se dice- gastamos en oropeles, inciensos y flores; artículos superfluos –afirman- cuyo precio se podría dar a los pobres. Se nos critica por lo que más se ve de nosotros. Y siempre viene a mi memoria la imagen de Jesús recostado, con María Magdalena a sus pies, lavándolos con sus lágrimas, perfumándolos y secándolos con sus cabellos. Resuena la eterna pregunta: ¿por qué no se vendió el perfume y se dio el dinero a los pobres?

María Magdalena: mucho pecó; pero mucho amó. Lo importante no es el perfume, ni las lágrimas, sino la inmensa muestra de amor que le lleva a Jesús a exclamar: “¡Tu fe te ha salvado!”

Hoy, como ayer, lo importante está en el corazón de los hermanos que les lleva a clavar en el Paso una flor, o a encender un cirio para que la luz de su llama lo ilumine y le de calor. Lo importante no es ni la flor, ni el cirio; ni si es blanco, rojo o morado; ni cuánto ha costado. Lo importante es el amor de la mano que lo puesto o lo ha encendido.

El primero es: amarás a Dios sobre todas las cosas. Y esto, sólo esto, justifica tambores, flores, cirios y Pasos. Estos, sin el amor al Padre, se quedan en meros cascarones vacíos, carentes de sentido.

Vuelvo la vista hacia atrás y pienso ¿cuántas veces he ayudado a poner un tambor por primera vez, a coger las primeras baquetas, a intentar hilvanar el primer redoble? Y me he quedado triste, sintiendo qué pocas veces he enseñado que, todo esto, no tiene sentido sin el amor al Señor, sin ser la expresión de una oración que sale de lo más profundo del corazón.

Alguna fría mañana del mes de enero, en algún descampado de nuestra ciudad, sacudido por el cierzo, me he sentido como Juan Salvador Gaviota, intentando explicar que lo importante es el amor al Señor, a los hermanos y lo único que oigo es la pregunta de alguna joven gaviota: pero ¿cómo se vuela? ¿cómo se redobla?

Se redobla con el corazón. El tambor no es un fin, es el camino para expresar nuestro amor al Señor. El mejor toque no es el que se ha hecho mas acompasado, ni más rápido, ni más fuerte. El mejor toque, seguramente, ha tenido algún “gazapo” pero ha salido perfecto del corazón y del amor. Cierro los ojos, y resignadamente, le coloco la baqueta en la mano, en su sitio, cojo su muñeca y se la giro con fuerza para que el palo que sostiene redoble en el tambor. “Así. –Le digo- ¿Ves? Es fácil.”

Todos recordamos en medio de las filas de tambores a algún hermano que, más que tocar, con esfuerzo, va “cazando” los golpes de tambor o de bombo y, con más o menos fortuna, consigue hilvanar una marcha sin desentonar mucho del resto de los hermanos. Pero sus ojos brillan con ilusión, con la profunda alegría de superar una limitación. Su cariño, su esfuerzo, su amor consiguen el mejor toque, aunque no acierte con algún palillazo. Que suene peor o mejor no importa, sus ojos, su mirada lo dicen todo.

Por eso, treinta años más tarde –creo que es el número que cumple este año- sigo sin entender el concurso de tambores. Que suene mejor o peor importa poco. No se puede valorar un toque sin entrar en el corazón de los que están redoblando, sin mirarles a los ojos y sin oír la oración que elevan de sus manos al Padre. Y eso nadie lo puede puntuar ni medir. Ninguna Cofradía reza mejor que otra, nadie puede medir el amor de un hijo al Padre.

El tambor, sin el amor del hermano, sin la oración, es un cascarón vacío, es un mero instrumento de turismo o de pugna por ver quién es más en medio de la nada. El tambor únicamente encuentra su sentido si nos sirve de camino para expresar el amor y elevar una oración al Padre.  

Únicamente partiendo del amor al Señor, al Padre, se puede entender porque se pone una flor, se enciende un cirio o se eleva un redoble. Pero esto, no es suficiente para explicar porque lo hacemos en grupo. Tenemos que dar un paso más y, si el primero era el amor al Padre, el segundo, igual de importante que el primero, es: “amarás al prójimo como a ti mismo”.

Este segundo mandato nos lleva a amar al Señor en grupo y a manifestarlo en grupo. Este segundo mandato hace que resulte insuficiente amar al Padre en soledad y da todo su sentido a las hermandades y cofradías, en las que se puede vivir el amor entre los hermanos y de estos al Padre.

Esta bien poner una flor en el Paso, refleja nuestro amor al Padre. Pero esta bien porque el resto del año ponemos una flor, cada día, a nuestros hermanos, en el cariño que les manifestamos, en la ayuda que les damos. Sin estas flores calladas, silenciosas, las otras, visibles carecen de sentido.

La procesión de Semana Santa es como una preciosa flor que brota esplendorosa y públicamente un día, pero lo hace porque, calladamente, durante todo el año se cuida, se mima, en el amor diario, en la vida de hermandad, en la oración. Sin este trabajo silencioso de hermandad durante todo el año, oculto a los ojos del gran público, la flor de un día ni brota, ni tiene sentido.

Lo importante de la Semana Santa es transmitir, a través de lo que se ve, el amor que anida en el corazón de cada hermano, debajo de cada túnica, capirote y tercerol. Lo importante de la Semana Santa no es sólo el día que se ve de procesión; sino los otros trescientos sesenta y cuatro días del año de amor, de convivencia, de hermandad, que hacen posible que ese día haya procesión.

Lo importante es que no nos perdamos entre el ruido de tantos tambores, bombos, flores, cirios y pasos, y que, en medio de todo eso, seamos capaces de encontrar el camino silencioso para vivir, transmitir y enseñar el amor de Cristo a nuestros hermanos. Sólo esto, escondido debajo de nuestros hábitos, da sentido pleno a nuestra Semana Santa. Pocas veces hablamos de este amor, es difícil verlo oculto en los corazones, pero es lo que realmente mantiene vivas nuestras Cofradías y da sentido pleno a nuestra Semana Santa.

Artículo publicado en la Revista Redobles, Semana Santa 2.005.

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