Escribe nuestro Viceconsiliario.

Como ninguna otra semana.

¡Feliz Pascua hermanos Cofrades! Os felicito convencido de que Cristo sigue vivo en cada uno de vosotros. La resurrección que celebraremos en pocos días, recuerda aquella primera pascua que convulsionó la vida de los discípulos. Igual que esta Semana Santa y su estación de Penitencia convulsionará la vuestra. En las Escrituras se puede leer la situación de tristeza y desazón que había dejado la muerte de Jesús en sus seguidores (Mc 16, 10); la mezcla de miedo y gozo que invadió a las mujeres que fueron las primeras en verlo vivo (Mt 28, 8) e incluso la dificultad para creerlo de los hombres (Lc 24, 11.41). como también en nuestras vidas hay miedos y tristezas.

Sin embargo, las Escrituras señalan un efecto claro de la resurrección de Jesús: la parresía. Llamamos a al nuevo modo de ser y de hablar de los discípulos tras la muerte de Jesús y, sobre todo, tras su resurrección. Ellos pasan del temor y de la clausura por miedo a los judíos (Jn 20, 19) a la libertad de predicación y a la valentía (Hch 2, 29.43; 4, 13). Tras un cierto tiempo se sintieron fortalecidos, vigorizados, capaces de dar testimonio público de su fe. San Pedro, el mismo que negara tres veces al Señor, proclama ahora: No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído (Hch 4, 20) y se niega a dejar de predicar ante la prohibición de los judíos.

¿Qué ha pasado para que ocurra este cambio radical? Y, sobre todo, ¿por   qué tardó en manifestarse este efecto de la resurrección? San Juan nos ayuda   a entenderlo con su peculiar teología. Según Juan, al morir Jesús estaba ya entregando el Espíritu Santo: Tomando el vinagre dijo: todo está cumplidoe inclinando la cabeza entregó el espíritu (Jn 19, 30). En la cruz tuvo lugar ya un pequeño Pentecostés, un anticipo del mismo. Con este relato Juan muestra cómo Dios nunca nos abandona, cuando muere el Hijo nos entrega el Espíritu Santo. Dios jamás nos deja solos. A los discípulos se les entregó el Espíritu en el mismo momento de morir Jesús, otra cosa es que lo recibieran y acogieran. Su fe temblorosa y su miedo les impedía acoger el Espíritu y sobre todo dejarlo actuar en ellos. Sólo en la medida en que se convencen de la Resurrección del Señor y lo acogen, aparece en sus vidas este efecto de la parresía: la libertad y valentía que da el Espíritu Santo para anunciar a Dios. Ojalá que la Pascua que vivimos tenga en nosotros el mismo efecto renovador. Que también nosotros digamos como Pedro: No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído. Esta Semana Santa promete ser especial como ninguna otra, fiaos de mí.

Un abrazo,

Víctor Chacón Huertas, CSsR