Una hora con:

  

En apenas unos metros cuadrados Pepe Lara ha creado de la nada un nuevo mundo. Un mundo que huele a queso que no es queso, donde brillan el oro de mentira y el de verdad, donde las volutas de madera nos reconcilian con la pasión del Jueves Santo. Pepe Lara no se ha conformado con ser padre, abuelo y amigo, de los buenos: es cofrade de la Eucaristía y es también sus manos.

Pepe Lara. Benditas manos Una entrevista de Sergio Navarro Villar,

Redactor de la revista Redobles y miembro de la cuadrilla de costaleros de la Sagrada Eucaristía

Fotografías: César Catalán

Cuando nos convirtamos en polvo y acaso no seamos sino un leve recuerdo, algunos cofrades seguirán habitando entre nosotros. Pepe Lara no solo tiene garantizado un lugar en el cielo: también en nuestra memoria colectiva. Sus manos han dorado, han manejado instrumentos que hacen llorar a la madera, han pulido con esmero, han empuñado taladros que podrían dominar el mundo.

Pepe es el cofrade que apenas aparece en las fotos. El que aparece de espaldas. El que aparece casi pidiendo disculpas, lejos de los focos. Opina un escritor macedonio, Goce Smilevski, que “la historiografía, injusta por definición, está obsesionada con los que mandan, con la gente influyente y poderosa, mientras que el recuerdo de la gente corriente muere con quienes les conocieron”. Pepe es muy grande a pesar de ser pequeño: Pepe vivirá eternamente en tanto un cofrade proclame el misterio de la Eucaristía en las calles.

Pepe es ese señor que cruza el jardín parroquial buscando refugio en el cuarto donde la Eucaristía guarda sus enseres. Pepe viste camisa de leñador porque todo en él es verdad. Pepe remueve la cola de conejo que huele a queso. Pepe no se da importancia pero habla de los atributos en los que ha trabajado con el mismo orgullo, si no más, con el que habla de sus hijos y nietos: Pepe es un poeta frente a sus poemas, un pintor frente a sus lienzos.

Cita esos faroles de plata del paso del Fraterno que antaño estaban decorados con pan de plata y hoy están bañados; o de los faroles del paso de la Santa Cena. “Un conocido cofrade me mostró unas fotografías de unos faroles y me lanzó un órdago: Pepe, ¿serías capaz de reproducir estos faroles? Y mi respuesta fue que sí si me facilitaban las dimensiones adecuadas: así tracé su dibujo hasta darles forma y que pudieran ser estrenados una lejana Semana Santa, la de 1996”. Si todos somos contingentes, Pepe es necesario: hasta unos enseres aparentemente triviales como las bases que permiten mantener a buen recaudo todos los faroles y varas están fabricadas por Pepe.

Pepe no fue alumno de la Salle ni hijo de fundador ni cantaor de saetas ni vistió otro hábito: los caminos del Señor son inescrutables y el de Pepe –bendito día el que firmó su solicitud de ingreso- lo trajo a las filas de la Sagrada Eucaristía de la mano de Jesús Angós, “que junto a uno de mis hijos formaba parte de la cuadrilla de amigos del que fuera tiempo después Hermano Mayor, Carlos Martínez. Ahora tres de mis nietos siguen mi estela: desde el mayor, que ya ha cumplido diecinueve años, a la mediana, que ya tiene quince y al benjamín, de cinco”.

Pepe esconde su acento andaluz bajo las capas de niebla y cierzo que suponen casi seis décadas de residencia a orillas del Ebro. “Nací en Baena, en la provincia de Córdoba, en 1936, un lugar donde aprendí a amar la Semana Santa desde muy niño, una tierra donde, en una curiosa coincidencia, también suenan los tambores en los días de Pasión. Pasos a varal o a ruedas, pues es una tierra donde el costal no ha cuajado. Procesiones nocturnas desde el Martes Santo. Y luego mi estancia en Melilla, donde hice el servicio militar en los Regulares de Caballería. De Melilla, como de Baena, solo traje recuerdos en mi maleta, y a su Semana Santa volví ya adulto junto a mis hijos: quería abrir junto a ellos esa ventana que para mí eran mis noches de infancia y para ellos un primer acercamiento a mis raíces”.

Pepe cumplirá pronto, muy pronto, veinticinco años de fidelidad al misterio de la Santa Cena. “Desde 1989, en que me propusieron entrar –lo que hice un año después- he tocado el tambor tanto en la sección como, ya en mi segunda Semana Santa, integrando un piquete que acompañaba al Cristo del Amor Fraterno. He asumido funciones de cetrillo e incluso he dirigido la tracción del paso de la Cena antes de que diéramos el salto sin red que suponía el costal en dicho paso; incluso me he mezclado entre el público, de paisano, para tratar de parchear cualquier necesidad que nuestra cofradía tuviese durante sus recorridos penitenciales”.

En 2012 mis ojos vivieron una escena cotidiana que me sigue acompañando doce meses después. Noche de luna sin luna, noche de mudá, y los costaleros nos despedimos en la puerta de la parroquia del Perpetuo Socorro buscando el descanso casi eterno. Nuestros relojes marcaban las dos de la mañana. Miento: las agujas de nuestros relojes superaban las dos de la mañana. Y de entre las sombras de la noche emergió la figura de Pepe, setenta y tantos años a cuestas, presto a retirar las rampas, presto a colocar la gruesa cadena y el candado que asegura el sueño parroquial: ahí me dije que Pepe estaba hecho de tierra de Baena y corazón de oro. Pepe sin importancia. Gestos que definen a un hombre mejor que mis palabras.

Pepe Lara ha vivido la metamorfosis de una cofradía en busca de una identidad propia, de un mensaje repujado de belleza en sus calles. “En 1990 nuestra cofradía acompañaba todavía el paso de la Cena que era propiedad de la Hermandad de la Sangre de Cristo. En 1991 estrenamos los varales del Cristo del Amor Fraterno, y ya en ese año diseñamos y plasmamos en madera una primera rampa con sus bases y apoyos que pudiera facilitarnos el acceso a nuestra parroquia; una rampa que hace apenas dos inviernos hubo que modificar al instalar el carril bici a lo largo de la avenida de Goya”. Su memoria es nítida: “Los faroles del Fraterno, por ejemplo, los hice en mi propia casa, aprovechando que dispongo de espacio suficiente, si bien el cuarto de trabajo que ahora ocupamos, y que antes usaba el grupo parroquial de scouts, lo hemos ido adaptando a las necesidades de la cofradía”. Poco a poco, con el beneplácito de los religiosos que hoy rigen la parroquia, la Eucaristía se ha extendido por el edificio como una mancha de aceite. “En el coro, por ejemplo, guardamos los respiraderos del paso de la Santa Cena y conservamos colgados sus faldones; y en otra estancia conservamos desde figuras del paso titular, en cuya disposición también he tenido el privilegio de trabajar, a distintos enseres”.

Mientras Zaragoza sigue rumiando el invierno, Pepe se refugia casi a diario en su cachito de cofradía parroquial para dar forma a sus sueños y a todo un sueño colectivo. “Ahora mismo trabajo, con vistas al Triduo del Cristo del Amor Fraterno, en retocar los candelabros que adornan su altar durante esos tres días con sus tres noches, y que habían sufrido daños en su dorado y en algunos de sus detalles de madera. Y el trabajo no concluirá hasta el Sábado Santo, cuando llegue el momento de recoger las piezas de este puzle y dejemos todos y cada uno de los enseres y atributos limpios en espera de una nueva Semana Santa”.

Benditas manos. Benditas manos las de Pepe, cuyo trabajo fue reconocido en un capítulo de hermanos al serle impuesta la medalla de plata. Lo mejor de Pepe no es su legado: lo mejor de Pepe es cuanto dibuja con sus manos, haciendo de lo imposible lo posible; lo mejor es cuanto está por venir, cuantas horas invertirá en el taller dando forma a la noche del Jueves Santo.

Sergio Navarro