El Señor de la Cena.

El tiempo avanza inexorablemente y de forma uniforme. Sin embargo, no es así como lo percibimos. En el día a día, o en el corto plazo, nos parece que transcurre despacio que, en un solo día, pasan muchas cosas. Sin embargo, cuando echamos la vista atrás y recordamos algún hecho puntual, más o menos lejano, al comprobar la fecha en la que ocurrió, nos parece imposible que haya transcurrido tanto tiempo.

Hace un rato estaba repasando algunas fotos del Señor de la Cena. Sin darme cuenta he ido, carpeta a carpeta, retrocediendo en el tiempo. Año tras año, procesión tras procesión; la pandemia, la bendición de los apóstoles; así hasta llegar al día de su bendición, aquel domingo, día seis de abril de dos mil catorce. Solamente entonces, cuando me he fijado en la fecha, me he dado cuenta de que, ya, han pasado diez años desde ese momento.

Tras abrir diversas fotos del Señor, muchas, se han quedado amontonadas en las pantallas del ordenador, unas encima de otras, conformando un variado y colorido collage. Imágenes de su rostro, de cuerpo entero y, otras, de pequeños detalles que, habitualmente, pasan desapercibidos ante la presencia imponente de la imagen: el Cáliz, la mano que lo sostiene, los ojos, más aún, incluso la mirada…

Así, he caído en la cuenta de que, habitualmente, absortos en la contemplación de esta imagen, nos quedamos únicamente con la misma idea que ya nos transmitía Miguel Ángel, quién nos decía, unas semanas antes de su bendición, al convocar el Capítulo, sin otra cosa que las fotos del barro, se asombraba ante “la profunda seguridad que transmite, pero, a la vez, por su tierna mirada que te traspasa”.

Unos días más tarde, con las mismas fotos, escribí unas palabras en las que reflejé mis primeras sensaciones a la vista de ese mismo barro, mero boceto, de lo que podía ser un día la imagen del nuevo Señor de la Cena de la Cofradía. Palabras que leí en el Capítulo de su aceptación y, ya, en aquel momento, os decía:

“Ayer, cuando estaba viendo los vídeos, sobre la obra de Navarro Arteaga, que os acabamos de pasar y repasaba el que vamos a poner ahora, por enésima, escribí:

Suerte la mía, tenerlo y poder verlo y repetirlo, una y otra vez.

Sus imágenes son como una foto en sepia, sin policromía.

Pero, al igual que las buenas películas clásicas en blanco y negro,

en ocasiones, dicen más que en color;

porque deja más espacio a la imaginación para que vuele y cree su propia historia.

Recuerdo las palabras de Navarro Arteaga en una entrevista, leídas antes,

su obra es “la fuerza tranquila”, serena, equilibrada.

Los barros que vamos a ver transmiten una tremenda sensación de seguridad,
de dominar la situación.

Además, tiene una mirada que, si te coge a sus pies, de frente, se apodera de ti.

Sólo queda acercarse despacio, en silencio y mirar, observando su rostro,
deteniéndote en sus manos,

intentando absorber su sentido, su significado.

Y, luego, acercar las manos a las suyas,

aceptando su invitación a recibir el cáliz de la nueva alianza en su sangre
para el perdón de los pecados.”


En vísperas de la bendición, preparando la documentación para anunciar el acto, recibí unas fotos que, dejaban ver, a la vez que ocultaban la imagen. Que invitaban a soñar, a imaginarnos el futuro. En aquella fotografía de la imagen, el Señor, miraba al frente, a lo desconocido, sin revelarnos ni su rostro ni su mirada. Únicamente mostraba unos descoloridos rizos de sus mechones de pelo cayendo por la espalda; sus fuertes hombros, con una espalda ancha, que anunciaba poderío; el brazo izquierdo que se extendía al frente, insinuando un movimiento o sostener un cáliz que únicamente podíamos imaginar al tener la cabeza vuelta hacia esa supuesta mano.

Daba para imaginar mucho. Pero, había que esperar a que llegara aquel domingo de hace diez años para descubrirlo, para encontrarnos, por primera vez, todos, con Él.

Con esa foto preparé el cartel para anunciaros la llegada de la imagen a Zaragoza y su bendición. Para invitaros a descubrirlo en nuestra Iglesia, la que iba a ser su casa, y empezar a ver más que lo que nos insinuaban aquellos barros o su silueta recortada frente al horizonte.

Así, llegamos a su bendición. Momentos de muchas emociones, de alguna lágrima o de muchas, que dio de sí para confirmar la “fuerza tranquila” de la imagen, para mirarle a los ojos, para agradecer al escultor su trabajo, pero para poco más, al verla con unos ojos enturbiados y con el corazón encogido por la emoción del momento.

Ahora, con el sosiego y la tranquilidad que da el transcurso del tiempo y haberme sentado muchas veces, en silencio, a oscuras, a sus pies, he recordado esos mismos sentimientos, pero también otros muchos sentimientos que me ha ido sugiriendo con el paso del tiempo.

Tenemos que acercarnos despacio, en silencio y mirar, observando su rostro, deteniéndonos en sus manos, intentando absorber su sentido, su significado. Es una imagen que dice muchas más cosas de las que parece a primera vista y de las que descubrimos en aquellos días. Debemos detenernos a verla, escuchar todo lo que nos dice, para descubrir los matices que guarda y lo mucho que nos puede enseñar porque, a pesar del tiempo transcurrido, creo que, en buena medida, nos hemos quedado con aquellas primeras ideas.

Por eso, hoy quiero comenzar por saltar de aquellas películas clásicas en blanco y negro, de las que os hablaba, a las de color, para que la contemplación de los detalles de la imagen del Señor, dejen volar mi imaginación y os pueda contar lo que me sugiere.

De este montón de fotografías, que se me había apilado en la pantalla del ordenador, he comenzado por retomar una del último Triduo celebrado con el Señor en su altar, rodeado por unos cirios que lo iluminaban tenuemente, arrancando luces y sombras de su rostro, para mostrarlo real, sereno, tranquilo. Lo primero que veo es que no es una imagen de pasión. Eso queda para más adelante, aunque ya sepa que Judas se ha levantado de la mesa y le ha entregado el pan mojado señalándolo como quién le va a entregar. Esto, le añade una nota de intensidad a su serenidad, por eso mira con esa fuerza y concentración el Cáliz. Por eso, pronunciará las palabras que todos los días del año, a todas las horas, en todos los rincones del mundo, dos mil años más tarde, se siguen repitiendo: “Éste es el cáliz de la nueva alianza en mi Sangre, que será derramada por vosotros y por muchos en remisión de los pecados. Cuantas veces lo bebáis, hacedlo en memoria mía.”

Pero, pese a esta intensidad, conserva toda la serenidad.

Su “sangre derramada por nosotros”. ¡Cuántas veces, al tumbarme en una camilla, en el salón de la Parroquia, para llenar una bolsa de sangre, he pensado en su ejemplo! Él dio su sangre por nuestra vida. Yo, bien podía dar, siguiendo su ejemplo que nos congrega, una humilde bolsa para la vida de algún hermano desconocido.

Si nos fijamos detenidamente en los detalles de esta misma foto, podemos apreciar que, entre los ojos que miran el Cáliz, los labios que pronuncian las palabras y el propio Cáliz se forma un triángulo que forja el centro de la imagen y focaliza toda su fuerza y expresión. Estos tres detalles, los ojos, los labios y el Cáliz, son lo primero en lo que, todos, nos fijamos al ver al Señor de la Cena. Pero, aún hay más. Mucho más.

Esa mirada, traspasa el Cáliz para adentrarse, con su mensaje, en quién se pone delante y le señala con sus palabras que le apuntan en primera persona. Esa mirada, está viendo, está señalando a quién se pone a sus pies a contemplar la imagen del Señor de la Cena.

Además, la copa, no es para quedarse en su mano. Es para nosotros. Nos la está entregando para nuestra salvación. Por eso, tiene el brazo extendido hacia delante. Incluso la Copa está ligeramente vuelta hacia fuera, porque no es para beberla el Señor, es para nosotros. Para quién de nosotros la quiera recoger y beber. El Señor nos la ofrece con sus palabras y con su brazo extendido. Nosotros somos quienes tenemos que decidir si la recogemos o no.

La Copa y sus palabras, siempre me traen a la memoria otra conversación del Señor, anterior en el tiempo y con una mujer de Samaría, en la que le ofreció “el agua viva” y, ante la sorpresa de la mujer, le dijo que: “el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.”

Nosotros, ¿le contestaremos como esa mujer: “Señor, ¿dame de esa agua”?
Manteniendo nuestra atención en estos mismos detalles de la imagen, aun quiero fijarme en uno más: su mano izquierda con la que sostiene el Cáliz. Es una mano cuidada, pero fuerte y segura, que continúa y prolonga la decisión con la que nos la acerca el brazo y muestra su mirada. No hay dudas ni temblor alguno ni en la mano ni en la mirada. Antes hemos dicho que no es una imagen de pasión, que no muestra dolor, pero ya está latente la tensión del momento. Judas ha abandonado la sala. El Señor sabe dónde va. En un par de horas, en el Huerto de los Olivos, rogará al Padre que aparte de Él ese Cáliz, aunque se referirá a otro cáliz. Pero, en este momento nos ofrece este Cáliz, el de “la nueva alianza en su sangre”, conscientemente de lo que significa, libremente, sin ninguna duda.

Pero, hay mucho más escondido en esta imagen. Su fuerza que tanto nos atrae se encuentra, no sólo en su mirada, sino en la firmeza de su rostro, incluso en su indudable belleza, en la seguridad y convicción con la que sostiene la mirada y en la fortaleza de su cuerpo con su imponente tamaño.

He hecho referencia a su belleza, con fuerza y tensión, pero sin pasión ni dolor, lo que nos permite acercarnos, con sosiego, a un remanso de paz y seguridad, la justa y necesaria para aceptar la copa que nos ofrece, con la seguridad de que es el pasaporte para la vida eterna.

Aunque, llegados a este punto, tengo que reconocer que, muchas veces, he pensado que la belleza del Jesús real, el que pasó por este mundo hace dos mil años, fue auténtica y es la que hizo a una mujer decir: “¡Dichosa la mujer que te llevó en su seno y cuyos pechos te amamantaron!” Aunque Jesús le respondiera: “Dichosos todavía más los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica”. Realmente, es dichosa (bienaventurada) María, no por haberle llevado y engendrado, sino por haber creído. Y, con ello, nosotros también seremos dichosos si creemos en Él.

Quiero seguir avanzando en la contemplación de esta imagen refiriéndome a otro detalle, menor, que pasa desapercibido si no te fijas mucho en la imagen, pero que continúa y da pleno movimiento y fuerza al conjunto. Me refiero a la posición de sus pies. Si los miramos con detalle, podemos observar que la imagen se apoya sobre el pie derecho, que queda adelantado, mientras que el izquierdo queda detrás, con el talón ligeramente levantado. El Señor, no está sentado, no está estático sobre los dos pies, si no que ha iniciado un primer paso hacia el frente, hacia sus discípulos, hacia nosotros.

Este movimiento al frente del pie del Señor provoca el movimiento al frente de toda la imagen. El Señor avanza hacia nosotros e intensifica el movimiento del brazo izquierdo en extensión entregándonos la copa.

El Señor, no sólo nos entrega el Cáliz que ofrece su mano, si no que sale a nuestro encuentro para acercarnos la copa con su “sangre derramada” para la vida eterna. El Señor, saliendo a nuestro encuentro, lo vemos repetido en numerosos momentos a lo largo de todo el Evangelio.

El Señor, es quien sale al encuentro de la samaritana, a la que antes nos referíamos, y se dirige a ella pidiéndole agua. El Señor, es quien sale al camino para encontrarse con los discípulos de Emaús, en uno de los relatos más bellos del Evangelio, para preguntarles, para reconfortarles y partir el pan con ellos. El Señor, es quien sale al encuentro de los pescadores del mar de Galilea para hacerles pescadores de hombres. El Señor, ahora, también sale a nuestro encuentro para ofrecernos el Cáliz.

Pero, no solamente sale a nuestro encuentro. Uno de los detalles que más me ha llamado la atención, desde el primer día que lo vi, hace ya diez años, en el acto de su bendición, fue su mano derecha.

Nunca podré olvidar que fui uno de los elegidos que portó la parihuela con la que el Señor recorrió el pasillo de la Iglesia, desde las puertas hasta el altar el día de su bendición. Iba el último de la parihuela, a la derecha, lo único que veía era la poderosa espalda del Señor avanzando y su mano derecha extendida. Me parecía que nos iba dando la mano saludando, uno a uno, según avanzaba. O, casi, que abría su mano en un intento por abarcarnos a todos y abrazarnos. Eso me sigue pareciendo hoy en día.
El Señor, no sólo sale a nuestro encuentro, avanzando por el pasillo de la Iglesia o por la calle en su Procesión, con el Cáliz en la mano, sino que abre la otra mano en un abrazo fraterno, intentando recogernos, acogernos y llevarnos a beber de la copa que nos ofrece.

Hoy, quisiera invitarte a pararte delante del Señor de la Cena, en silencio, con sosiego, a ser posible con poca luz, para verlo detenidamente y escuchar todo lo que te pueda decir. Seguro que descubres matices nuevos que guarda, mensajes que son sólo para ti, distintos de los que yo he apuntado antes.

No quiero terminar sin decir que este Señor, que sale al camino a nuestro encuentro a buscarnos, no es real sin sus discípulos. Los apóstoles que le acompañan en el Paso y nosotros que le acompañamos en la calle. En este momento, quisiera que cerraras los ojos por un momento. Al menos que los cerraras imaginariamente, para poder seguir leyendo este texto y pensaras, ante el Señor de la Cena: ¿quién soy yo? En realidad, ¿Quién eres tú?

¿Judas? Que se levanta de la mesa y la abandona en busca de unas monedas con las que llenar la bolsa para, luego, dar un duro beso al Señor.

¿Pedro? Que alza la mano para recoger el Cáliz, pero, unas horas más tarde, le negará tres veces.

¿Juan? El discípulo amado que, rendido por tantos discursos profundos y complejas preguntas, se recuesta en la seguridad del regazo del Señor.

¿Felipe? El pescador sencillo que no entiende de otras cosas, que está pensando intentando entender las conversaciones de la noche sin conseguirlo y, al final, ruega tímidamente: ¡Muéstranos al Padre!

¿Andrés? El hermano de Pedro. Lo vemos de pie, silencioso, dispuesto a la acción, a llamar a otros al grupo, pero en el Huerto de los Olivos se dormirá y saldrá corriendo. Es cierto, como los demás.

¿Tomás? A la izquierda de Andrés. Solitario, dubitativo a pesar de todo lo que ha visto. No creerá hasta meter los dedos en las heridas de los clavos y la llaga del costado. Pero esa petición nos dejará, como regalo, el mayor consuelo del Señor: “Bienaventurados los que creen sin haber visto.”

¿Santiago el Mayor? El hijo del trueno, subió con el Señor a lo alto del Huerto de los Olivos con su hermano y con Pedro, pero se durmieron, le abandonaron y huyeron.

¿Santiago el Menor? A diferencia del otro Santiago, discreto, silencioso, pero que, al final, será uno de los primeros en morir al ser arrojado desde las murallas del templo cercano.

¿Mateo? Publicano converso. Hombre de letras y de números, que toma nota de todo, registra lo que dice el Señor y, a pesar de todo, esa noche, tampoco entiende lo que pasa o va a pasar.

¿Bartolomé? Que cierra el grupo por ese lado de la mesa. Verdadero israelita, hombre de ley y cumplidor de la ley a quién, desde el primer día, le sorprende el Señor y sus palabras.

¿Judas Tadeo? Quien al otro lado de la mesa está hablando con Simón, también galileo, también zelote. Quieren echar a los romanos de su tierra y no terminan de entender el camino de amor que les propone el Señor.

¿Simón el Zelote? Tampoco entiende las palabras del Señor. Está en la mesa, pero ni escucha y se distrae con la perrilla a la que ofrece un trozo de pan.

O, simplemente, eres Pepa, la perrita fiel que se acerca humildemente a la mesa de su Señor para, sin hacer preguntas, comer el pan que le ofrecen.
¿Qué te dice el Señor de la Cena? En la proximidad del Señor de la Cena ¿quién eres tú? Acércate a sus pies, humildemente, en el silencio de la Iglesia, mira, observa, escucha, piensa.

Enrique Martínez

Imágenes de José Antonio Navarro Arteaga.


 
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