La amistad, mi imperio romano.

Hace unos meses, se hizo viral en las redes sociales un vídeo en el que un fanático del Imperio Romano se preguntaba por qué los hombres piensan tanto en esa época histórica durante su día a día. A raíz de ese vídeo, fueron surgiendo otros muchos en los que la gente iba explicando cuál era ese tema que rondaba por su cabeza muy a menudo. Al final, después de mucho darle vueltas, y aunque de vez en cuando piense en esa etapa histórica (al igual que en muchas otras que nuestra gran historia española nos ha dejado), llegué a la conclusión de que en lo que más suelo pensar (además de asuntos propios importantes que surgen en mi vida diaria), es en la amistad y lo que para mí significan mis amigos.

Soy una acérrima creyente de que merecen la pena los amigos, esas personas que Dios ha querido que se crucen en nuestra vida. Algunos dicen que los amigos son aquellos a los que conocemos por casualidad, y que tenemos por elección; mientras que otros, los creyentes en el destino, piensan que nacemos destinados a encontrarnos con ellos por una razón determinada. Todos ellos, sea por mucho o sea por poco tiempo, tienen un papel fundamental en nuestro desarrollo personal.

Por lo que a mí respecta, desde la pandemia, valoro más la amistad y todo lo que, gracias a ella, he vivido. He aprendido a querer de otra manera, sin prisas, con distancia, echando de menos e intentando vivir cada momento con la debida intensidad, sabiendo que, si no, más tarde, me arrepentiré de ello.

Pero, ¿qué requisitos debe tener un buen amigo? Creo que cada uno de nosotros responderíamos con diferentes adjetivos para describir a un amigo ideal dependiendo de nuestras experiencias personales. Confianza, comunicación, intimidad, generosidad, respeto a nuestra libertad, fidelidad, etc. ¿Y quién cumple todas ellas?: Jesús. Él nos acompaña en nuestro camino, nos aprecia, vive en nuestro interior, pudiendo comunicarle todo lo que ronda por nuestra cabeza, ya sea bueno o malo.

No se cansa nunca de ayudarnos y sobre todo, de esperarnos. Nos consuela cuando lo necesitamos, nos sana si estamos heridos, nos perdona pese a nuestros fallos, y por supuesto, siempre está disponible para nosotros.

Él mismo predica con el ejemplo, rodeándose de buenas amistades que le acompañaron hasta su cruz, ya que, si no los hubiera tenido, le habría faltado esa faceta de humanidad. Al igual que nosotros, Él necesita desahogarse de los desprecios que recibe día tras día, indiferencias y calumnias de quienes no le aman. No quiere amigos de conveniencia que solo están con Él en los buenos momentos y lo dejan solo cuando se aproxima su fin. No quiere amigos que se aprovechen de Él para conseguir los mejores puestos en el cielo.

Pese a que Jesús ama a todos por igual (incluso a sus enemigos), destacan ciertas figuras más especiales a lo largo de su vida que conocemos gracias a los Evangelios. De todos es sabido que tenía una especial relación con Juan, “discípulo amado”, con el que compartió sus experiencias más íntimas. Y, además de su amistad con los discípulos, Jesús se relacionó con todo tipo de personas, clases sociales y edades. Desde personas con gran prestigio social como José de Arimatea o Nicodemo, hasta personas más humildes como Bartimeo, que le comenzó a seguir después de su curación.

¿Y no es todo esto lo mismo que queremos nosotros en nuestras vidas? Personalmente, puedo decir que sí. Me siento plenamente identificada con Jesús y sus amistades, muy diferentes entre sí. No solo me gusta encontrar personas parecidas con las que compartir estilos de vida y sentido de pertenencia, si no también personas dispares, que me hagan aprender con ese intercambio de ideas y sentimientos. Por ello, y como decía anteriormente, merecen la pena los amigos. Esos con los que somos nosotros mismos, sin ningún tipo de filtro y a los que no tenemos miedo de contar nuestras ilusiones, vergüenzas o pensamientos más ocultos. Aquellos, con los que a veces, solo necesitamos una mirada para entendernos. Amigos que, aunque estén lejos en cuanto a distancia, siempre están cerca en nuestro corazón. Amigos que ves todos los días y otros con los que no hace falta que hables a diario, pero sabes que siempre van a estar ahí. Amistades que empezaron con “al principio, no te soportaba”, y ahora se han convertido en familia.

La vida me ha dado muy buenos amigos en mis diferentes etapas, aportándome cada uno de ellos unos valores que me enriquecen como persona; el colegio, la universidad, la oposición, el deporte, las aficiones, el pueblo, la playa, y por supuesto, la cofradía. Ahora que se acerca la Semana Santa y con ella, momentos de hermandad, te reto a buscar entre el frenesí, los nervios y el caos de las procesiones, momentos para demostrar tu amistad.

Seguro que estos días, resuenan estas frases entre tus amistades: “Feliz estación de penitencia”, “te buscaré en el relevo”, “esta marcha me recuerda a ti”, “te he guardado una estampita”, “he rezado por ti”, “esta levantá va por ti” … ¿te suena alguna de ellas?

Y para ti, ¿es la amistad tu Imperio Romano?

Helena Castillo.

 
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